El Instituto Superior de Ciencias Religiosas nos ayuda a saber quiénes somos

«La educación ayuda a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser»

Hesíodo (750-650 a. C)

Qué mejor momento para que seamos capaces de hacer una autoreflexión de la tarea de «educar» que este 31 de julio memoria de Ignacio de Loyola. Dicen, no sin dejar de llevar la razón, que la tarea de un maestro, un profesor en definitiva de un educador, se parece a la de un escultor, con la diferencia que el educador actúa sobre una materia viva que es capaz de pensar, de sentir y de amar y de crear. Buscamos indudablemente todo ello desde el Instituto Superior de Ciencias Religiosas «Santa María de Guadalupe».

Educar constituye una de las vocaciones más nobles y transformadoras que existen. No consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en acompañar a la persona en el descubrimiento de la verdad, el desarrollo de sus capacidades y la búsqueda del sentido de su vida. En una sociedad marcada por la rapidez, la incertidumbre y los continuos cambios, la figura de san Ignacio de Loyola continúa ofreciendo una inspiración extraordinaria para todos aquellos que dedican su vida a la enseñanza (a este respecto es interesante el artículo escrito en su blog por el Rector de la Universidad Pontificia de Salamanca, Santiago García-Jalón de la Lama que nos habla de la educación, la formación y la información: https://portalcientifico.upsa.es/investigadores/131806/publicaciones).

La pedagogía ignaciana nace de una convicción profunda: cada persona es un don de Dios y posee un inmenso potencial que debe ser cultivado con paciencia, respeto y esperanza. Por ello, educar significa mirar al alumno en toda su integridad, atendiendo no solo a su inteligencia, sino también a su corazón, su libertad, su dimensión espiritual y su compromiso con los demás.

San Ignacio comprendió que el verdadero aprendizaje comienza cuando la persona se conoce a sí misma. Solo quien descubre quién es, cuáles son sus talentos y cuál es su misión en el mundo puede crecer de manera auténtica. En este sentido, la educación deja de ser una mera acumulación de contenidos para convertirse en un camino de transformación personal.

Una de las grandes aportaciones de la espiritualidad ignaciana es el discernimiento. Educar implica enseñar a pensar, a reflexionar, a distinguir entre aquello que construye la vida y aquello que la empobrece. Frente a una cultura saturada de información, el educador está llamado a formar personas capaces de analizar, dialogar, decidir con responsabilidad y actuar conforme a los valores del Evangelio, base y sentido en el que también se mueves nuestro Instituto.

Pero san Ignacio también recuerda que todo conocimiento debe ponerse al servicio del bien común. El objetivo último de la educación no es formar únicamente excelentes profesionales, sino hombres y mujeres comprometidos con la justicia, la solidaridad y la dignidad de toda persona. Su célebre expresión Ad maiorem Dei gloriam («Para mayor gloria de Dios») invita a vivir cada tarea —también la educativa— con excelencia, generosidad y espíritu de servicio.

El educador ignaciano sabe que enseñar exige cercanía, escucha y acompañamiento. Ningún alumno es un número ni un expediente académico. Cada uno posee una historia única que merece ser acogida con respeto, comprensión y afecto. La relación educativa se convierte así en un encuentro humano donde maestro y discípulo crecen juntos.

En un mundo necesitado de referentes sólidos, la herencia pedagógica de san Ignacio continúa siendo plenamente actual. Su invitación a buscar siempre el magis —ese deseo de dar lo mejor de uno mismo para servir mejor a los demás— constituye un horizonte apasionante para quienes trabajan en el ámbito educativo. No se trata de exigir más por exigencia, sino de ayudar a cada persona a desarrollar plenamente los dones que Dios ha puesto en ella.

Hoy más que nunca necesitamos educadores que despierten la curiosidad, alimenten la esperanza y formen personas libres, críticas y profundamente humanas. Educar, desde la inspiración de san Ignacio de Loyola, es sembrar futuro, cultivar el corazón y abrir caminos hacia la verdad. Es una tarea silenciosa, exigente y, al mismo tiempo, inmensamente hermosa, porque cada alumno que descubre su vocación y pone sus talentos al servicio de los demás constituye la mejor recompensa para quien ha dedicado su vida a enseñar.

Como recordaría el propio san Ignacio, el auténtico educador no busca únicamente el éxito académico de sus alumnos, sino que les ayuda a convertirse en personas capaces de amar, servir y transformar el mundo con la luz del Evangelio. Esa es, en definitiva, la grandeza y la belleza de la educación. Y hoy más que nunca, también necesitamos alumnos que se dejen ayudar a describir quiénes realmente son, por eso es tan importante, formar parte de nuestra comunidad educativa, la del Instituto Superior de Ciencias Religiosas «Santa María de Guadalupe.»

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